🗺 Postal desde Nápoles

Cuesta de decepciones.

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8 de agosto | Nápoles, Italia

Hay una imagen del Sur de Italia que me perseguirá durante años. Me va a costar explicarlo con propiedad, pero déjame unos minutos. Un adelanto: son heridas que he visto en un puñado de edificios de Nápoles y de la Costa Amalfitana.

Me pasó en Sorrento, una de las ciudades emblemáticas en esa costa de cuestas, acantilados y el mismo número de tiendas de souvenirs con centenares de limones. Imanes de limones. Vestidos de limones. Y mucho, mucho licor de limones. Limoncello, por si andas un poco perdido. Quizá con unos cuantos de ellos podía uno imaginarse lo que era Sorrento antes de que los llegados a tropel desde otros continentes contaminaran sus recovecos. Y entender por qué Sofia Loren amaba estos rincones ahora desprovistos de la gloria que parecía mezclar medievo con charcuterías.

Después de recorrer las callejuelas peatonales de la ciudad y asomarme al mar desde los precipicios sobre los que se amontonan unos cuantos hoteles de cinco estrellas, bajé al puerto. Desde ahí, giro de 180 grados y vistazo a lo que me había dejado detrás. Lo más destacado era uno de esos alojamientos de lujo. Altivo e imponente desde la esquina de uno de los acantilados, me miraba un palacio que en su cartel principal leía: “Excelsior Victoria”. Uno casi podía discernir a una otrora huésped de este hotel como Marilyn Monroe navegar la mirada por toda la bahía de Nápoles desde una de sus terrazas. Pero entre piedra, muro y ventanales podía verse algo más: una magulladura en la fachada, como si alguien hubiera rascado a conciencia una sola parte de toda la pared de ese invento de castillo.

Me pasó en Positano, el puerto más icónico de la Costa Amalfitana. Para bajar a la playa, uno tiene que zizaguear por su calle principal o bajar escalinatas infinitas entre casas y hoteles que se superponen unos encima de otros.

El calor de agosto no daba tregua ni bajo las sombras. Todos los turistas que adelantaba o me atropellaban parecían igual de miserables. El sol y los niveles de la ciudad convertían la experiencia de la visita en un infierno sin apenas recompensas. La mayor era la que puede verse en fotos: el escenario idílico que se aprecia desde la parte más baja de la ciudad o desde los barcos de aquellos con billeteras más abultadas. Minas Tirith al menos tenía a Pippin en la cima. Pero a la espera de un ferry, y de nuevo girado hacia lo que me había dejado detrás, volví a atisbar un arañazo entre tanto edificio incrustado en la montaña. Era en la iglesia principal de la ciudad. Su fachada lateral daba al mar. Y justo debajo del campanario, como si nadie quisiera pasar una brocha de pintura, un nuevo rasguño al que fui incapaz de encontrarle el sentido.

Me pasó en Capri, la isla del amor en la que dos pequeños pueblos, Capri y Anacapri, están separados por una gran colina y conectados por una pequeña carretera de curvas cerradas. La primera de esas localidades es la más turística. Las algomeraciones están en todas partes. En su puerto, en sus paradas de autobús, en sus calles estrechas con tiendas de lujo. Desde cerámicas de Dolce & Gabanna a relojes de Hublot. Entre pasadizos y arcos tropecé con restaurantes y bed&breakfasts escondidos tras puertas de candados antiguos o cristales difuminados ochenteros. ¿El encanto? Quizá cuando Clark Gable paseaba con Loren por las calles de la villa, con la isla en su versión más autóctona y menos de alquiler de scooters. ¿Pero ahora? En cualquier otra parte menos en esta.

La sensación de masificación está en muchas otras partes de la isla. Lo vi en las colas humanas y de barcos que se acumulaban en torno a una gruta acuífera. Y lo vi en algunos de sus accesos a las zonas de baño marítimo, no digamos ya playas. Jamás en ningún otro lugar del mundo he visto una cala en la que solo hay habilitados unos pocos bloques de cemento con marcas y números en el suelo donde poner la toalla. Jean-Luc Godard sin duda no lo rodó así en la icónica Casa Malaparte que encabeza uno de los acantilados más vertiginosos de la isla y que pasearon Brigitte Bardot y Michel Piccoli sin ningún disturbio externo. En el naranja de ese edificio, bien pintado y mantenido en el plano general, volvía a dejarse ver un desgaste en una parte superlocalizada de la superficie.

Todos esos ejemplos se intensifican en Nápoles. Las paredes de la ciudad están grafiteadas de forma generalizada, sin discriminar entre barroco y medieval. Las fachadas se intercalan entre las que están cuidadas y las que están al borde del colapso. Los adoquines están reventados, muchas iglesias están en reformas y, entre calle y calle, una señora tiende sus bragas y unos niños se asan de calor chutando una pelota. Paolo Sorrentino no pudo retratarla mejor en su genial Fue la mano de Dios.

El anecdotario de decepciones no termina ahí. Las pocas playas de poca arena están invadidas por hamacas y sombrillas. Apenas hay hueco para las toallas de los que disfrutamos el nivel de suelo. Y entre tanto turista interesado en amargarse la existencia a base de cuestas en pleno agosto, muchas veces uno solo encuentra dependientes, camareros, taxistas y anfitriones que se quedan muy cerca de escupirte –o de sacarte hasta el último céntimo de tu pueril estadía en lo amalfitano.

Por suerte, entre tanto turismo desproporcionado encontré atisbos de luz. Lo tenían esas pequeñas heridas de las fachadas. Encontré la magia de mis alrededores en los instantes en los que un autobús ocupaba entera la carretera que comunica los pueblos de la costa amalfitana, estrecha hasta decir “basta, roza de una vez tu coche de alquiler”. Disfruté cada segundo de los vistazos al mar turquesa en los buceos que daba para evitar los cementos entoallados. Aprecié los grazie, los ciao y los buona sera de quienes no se habían visto desgastados, de forma comprensible, por el interminable llegar de turistas con ínfulas de ser los primeros en pisar esta tierra tan bella. Saboreé el atardecer de Capri y la llegada al puerto admirando las luces que se apilaban en la ladera de la isla, casi como en los créditos del Monkey Island (pi pi, piriri pi).

Y sin duda celebré las pequeñas sorpresas. Lo hice con la última pizza napolitana de Salerno que comí antes de abandonar el país y con la Abadía de Cava* que encontré entre las montañas cerca de Cava de' Tirreni y que me recibió con una mezcla de mármol, frescos y pinturas que cerca estuvo de darme Stendhal. Entiendo que eso quedará para Florencia.

Me voy cabizbajo de este lugar, no miento. Pero las fachadas heridas se vienen conmigo. Y con ellas me vendrán los precipicios de Sorrento, la bahía de Positano, la puesta de sol de Capri, la Catedral de Nápoles y todo aquello que supieron ver en su momento los Loren, Monroe y Godard de turno. Pero sobre todo me voy con sus gentes. Porque aún en los defectos, me voy sintiendo una tremenda empatía por lo que los turistas, y el sistema construido en torno a nuestras visitas, le hemos hecho a la tierra donde tanto han vivido y soñado. Bouna notte, Italia.

*El vídeo que adjunto.


Estos días, Emilio os mantendrá al tanto de la victoria legislativa demócrata con el paquete de reconciliación aprobado en el Senado este lunes. Mientras tanto, Mario Castroviejo ha publicado un vídeo interesantísimo sobre la situación política de Puerto Rico:


🗺 Y tú, ¿dónde has estado, estás o te vas de vacaciones estas semanas? Me gustaría conocer tus experiencias y compartir alguna con el resto de lectores de La Wikly.

Te mando un abrazo,